lunes, 20 de octubre de 2008

COMO NO CREER EN DIOS

LA VIDA

Lavida
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BOTIQUIN

Botiquin
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DIARIO DE UN PADRE



DIARIO DE UN PADRE


Era una mañana como cualquier otra. Yo, como siempre, me hallaba de mal humor. Te regañé porque te estabas tardando demasiado en desayunar, te grit é porque no parabas de jugar con los cubiertos y te reprend í porque masticabas con la boca abierta. Comenzaste a refunfu ñar y entonces derramaste la leche sobre tu ropa. Furioso te levanté por el cabello y te empujé violentamente para que fueras a cambiarte de inmediato.

Camino a la escuela no hablaste. Sentado en el asiento del auto llevabas la mirada perdida. Te despediste de m í t ímidamente y yo só lo te advertí que no te portaras mal. Por la tarde, cuando regres é a casa despué s de un día de mucho trabajo, te encontr é jugando en el jard ín. Llevabas puestos tus pantalones nuevos y estabas sucio y mojado. Frente a tus amiguitos te dije que debí as cuidar la ropa y los zapatos, que parecí a no interesarte mucho el sacrificio de tus padres para vestirte. Te hice entrar a la casa para que te cambiaras de ropa y mientras marchabas delante de m í te indiqué que caminaras erguido.

M ás tarde continuaste haciendo ruido y corriendo por toda la casa. A la hora de cenar arrojé la servilleta sobre la mesa y me puse de pie furioso porque no parabas de jugar. Con un golpe sobre la mesa grité que no soportaba má s ese escándalo y sub í a mi cuarto. Al poco rato mi ira comenzó a apagarse. Me di cuenta de que hab ía exagerado mi postura y tuve el deseo de bajar para darte una caricia, pero no pude.

¿ Cómo pod ía un Padre, despué s de hacer tal escena de indignación, mostrarse sumiso y arrepentido? Luego escuch é unos golpecitos en la puerta. "Adelante" dije adivinando que eras tú . Abriste muy despacio y te detuviste indeciso en el umbral de la habitació n. Te mir é con seriedad y pregunté : ¿Te vas a dormir?, ¿vienes a despedirte? No, contestaste. Caminaste lentamente con tus pequeñ os pasitos y sin que me lo esperara, aceleraste tu andar para echarte en mis brazos cari ñosamente. Te abracé y con un nudo en la garganta percib í la ligereza de tu delgado cuerpecito. Tus manitas rodearon fuertemente mi cuello y me diste un beso suavemente en la mejilla. Sent í que mi alma se quebrantaba. "Hasta ma ñana papito" me dijiste.

¿ Qué es lo que estaba haciendo? ¿ Por qué me desesperaba tan f ácilmente? Me había acostumbrado a tratarte como a una persona adulta, exigirte como si fueras igual a m í y ciertamente no eras igual. Tú tenías unas cualidades de las que yo carec ía: eras leg ítimo, puro, bueno y sobretodo; sabí as demostrar amor. ¿Por qu é me costaba tanto trabajo?, ¿ Por qué ten ía el há bito de estar siempre enojado? ¿Qu é es lo que me estaba aburriendo? Yo tambi én fui ni ño. ¿Cu ándo fue que comencé a contaminarme?

Despu és de un rato entré a tu habitación y encend í una lá mpara con cuidado. Dorm ías profundamente. Tu hermoso rostro estaba ruborizado, tu boca entreabierta, tu frente hú meda, tu aspecto indefenso como el de un bebé . Me inclin é para rozar con mis labios tu mejilla, respir é tu aroma limpio y dulce. No pude contener el sollozo y cerré los ojos. Una de mis l ágrimas cayó en tu piel. No te inmutaste. Me puse de rodillas y te ped í perdó n en silencio. Te cubr í cuidadosamente con las cobijas y salí de la habitació n.

Si Dios me escucha y te permite vivir muchos a ños, alg ún dí a sabrás que los padres no somos perfectos, pero sobre todo, ojal á te des cuenta de que, pese a todos mis errores, te amo m ás que a mi vida.

Si t ú eres un Padre o una Madre que se altera con mucha facilidad y no tienes paciencia, p ídesela a Dios; Él te dará la sabiduría para corregir a tu hijo, y las palabras para no ofenderlo, ni da ñarlo.

CARLOS CUAUHTEMOC S ÁNCHEZ
Escritor Mexicano