domingo, 4 de septiembre de 2011

EL ORGULLO



El orgullo impide que enfrentemos la verdad. El orgullo nos impide escuchar. Distorsiona nuestra visión.
Cuando creemos que todo está bien, no cambiamos nada. El orgullo endurece el corazón y oscurece la visión de nuestro entendimiento. Nos impide ese cambio de corazón, el arrepentimiento, que nos puede hacer libres.
El orgullo hace que nos consideremos víctimas. Nuestra actitud, entonces, se expresa así: "He sido maltratado y juzgado injustamente; por lo tanto, mi comportamiento está justificado". Creemos que somos inocentes y hemos sido acusados falsamente, y por consiguiente, no perdonamos. El hecho de que hayamos sido maltratados no nos da permiso para aferrarnos a la ofensa. ¡Dos actitudes equivocadas no son iguales a una correcta!
Muchas veces, cuando nos ofenden, nos vemos como víctimas y culpamos a los que nos han herido. Justificamos nuestra ira, nuestra falta de perdón, el enojo, la envidia y el resentimiento que surgen.
Cuando culpamos a los demás defendemos nuestra posición, estamos ciegos. Luchamos por quitar la paja del ojo de nuestro hermano mientras tenemos una viga en nuestro ojo.
Hombres y mujeres buscan hoy sólo lo que ellos desean. Muchos están heridos, lastimados, amargados. ¡Están ofendidos! Pero no comprenden que han caído en la trampa. Ese obstáculo los incapacita para funcionar en la plenitud de su potencial.
John Bevere

Publicado por Mané Castro Videla para Largas Noches Largas... el 9/03/2011 05:11:00 PM

RAYIMAT

La Prosperidad es un don de la Gracia Celestial. Es tener toda necesidad cubierta. RAYIMAT es una palabra sánscrita que significa aumentar todo el bien. Es, en otras palabras, aumento de prosperidad. Esta palabra tiene poder, ya que al pronunciarla, la Ley Divina del Aumento comienza a activar la provisión y crecimiento de lo que pensamos y sentimos. Por ello, es de advertir que al pronunciarla, sólo se piense en lo bueno, es decir en lo que Dios ES. Te darás cuenta que conseguirás despertar el RAYIMAT que Dios sembró desde la creación en tu alma y que las posibilidades de prosperar en TODO aspecto son posibles gracias a las leyes espirituales que rigen el Orden Divino Universal, manifestación visible de un Dios real, Padre Bondadoso y Poderoso que se exalta en ver nuestro bien y desarrollo espiritual.

Publicado por Mané Castro Videla para Largas Noches Largas... el 9/03/2011 04:50:00 PM

Henry David Thoreau‏

Henry David Thoreau (Masschusetts, 1817-1862) fue un filósofo norteamericano de Boston que perteneció a la llamada escuela de Concord, junto con Ralph Waldo Emerson, su mentor. Thoreau fue un gran lector de los Ensayos de Montaigne, lo que lo ayudó a desarrollar un pensamiento lírico y humano. Su filosofía expresaba un individualismo libertario radical para la época: estaba contra la esclavitud, contra los impuestos, fue un defensor de las minorías indias, del derecho al ocio y el placer, potenció la conciencia ambientalista y la filosofía como forma de vida.

En 1845 se fue a vivir al bosque de Walden Pond en completa soledad, experiencia que testimonió en una de sus obras mayores: Walden o la vida en los bosques. La repercusión de ese texto más otros como Desobediencia civil, harán que el pensamiento de Thoreau impacte con fuerte influencia en Nietzsche y en los escritores beatniks (Kerouac, Ginsberg, Burroughs) de los años 50 y de la contracultura de California.
Las ideas de Thoreau apuntaban a dar cuenta de las verdaderas cosas que precisamos para vivir. Algo que expresaba como: “ser rico disminuyendo las necesidades”. La filosofía de Thoreau, también llamada “trascendentalismo” se reducía a la expresión de “una vida sin principios o fundamentos”. Una vida donde lo particular y singular de cada existencia era prioritario e innegociable por sobre lo universal y la norma. De allí su anarquismo conceptual. Henry Miller lo definió como unos de los más grandes hombres de Estados Unidos: “un aristócrata del espíritu”.
La filosofía de Thoreau nos ayudará a plantearnos, como él mismo lo hizo en su reclusión ermitaña voluntaria, cuáles son aquellas cosas que nos generan ansiedad al no cumplir las expectativas que se nos proyectan desde el mundo. Thoreau ayuda a redefinir los conceptos de éxito y fracaso, y a solucionar, en gran medida, el problema de la ansiedad por el estatus: uno de los mayores males de la sociedad contemporánea. El fin: vivir la propia vida bajo nuestra medida de éxito y fracaso.

Publicado por Mané Castro Videla para Esparciendo las estrellas en el cielo... el 9/01/2011 04:48:00 PM

EL EROTISMO

Desde mediados del siglo XIX, el feminismo lucha contra la sociedad patriarcal. Pero tardó mucho en reconocer y defender los derechos de las mujeres al placer y el deseo.

El feminismo emergió a mediados del siglo XIX en el contexto de una vuelta de tuerca de las formas patriarcales que se habían tornado más severas. Un aspecto central fue la modificación de las costumbres, una vez que la triunfante burguesía impuso, entre otras cosas, una severa moral sexual a las mujeres.
Durante el Antiguo Régimen las mujeres de la aristocracia habían gozado de franquías morales gracias a la oblicua condescendencia de padres y maridos más preocupados por ganar –y a veces no perder– los favores de otros varones, dueños de mayor potestad a los que estaban obligados a rendir pleitesía. Sin duda, fue especialmente famosa la aristocracia francesa cuyas cortesanas representan un segmento que se caracterizó por no eludir los contactos sexuales, a menudo impulsados por los propios cónyuges.
Pero las transformaciones de fines del XVIII, el estallido de la Revolución Francesa y la extinción de las prerrogativas de la nobleza, significaron el ascenso definitivo de la burguesía y el consiguiente reconocimiento de los derechos individuales que hicieron posible la soberanía de los varones, más allá de las tajantes diferencias sociales.
La nueva clase portaba un nuevo y estricto código de moral sexual para las mujeres, apegado al principio de que la sexualidad sólo podía ejercitarse con fines reproductivos, a lo que se agregó la idea de que una mujer decente no conocía deseo ni placer.
Es bien sabido que el ordenamiento de las esferas pública y privada facilitó también la paralela imposición de que los varones, de modo contrapuesto, estaban facultados para ejercer conductas sexuales de acuerdo a su antojadizo deseo. La doble moral masculina fue ampliamente sancionada en las sociedades modernas y fue moneda corriente que los varones mantuvieran un rígido orden moral para las mujeres de la familia y desdijeran esa misma moral cuando sometían sexualmente a otras, comenzando por criadas y empleadas.
Es en este cuadro de doble rasero moral y de sometimiento al deseo masculino que debe entenderse que las feministas se apegaran a la idea de que la sexualidad era una manifestación penosa, tal vez una anomalía, un atributo del patriarcado que debía por lo menos inhibirse. Las feministas estaban muy lejos de concebir como un derecho el placer y por otra parte, el pensamiento dominante del XIX sostenía la anestesia sexual femenina.
Las voces más autorizadas declaraban que las educadas, y más refinadas, apenas conocían los disfrutes de la sexualidad, reservados en todo caso a mujerzuelas iletradas que estaban mucho más cerca de la animalidad. Las prepotentes conductas masculinas, el forzamiento de los actos sexuales que sufrían tantísimas mujeres, el acoso acostumbrado que no escatimaba ambientes -aunque era mucho más extendido en fábricas y talleres-, condujo a la enorme mayoría de feministas a repudiar la propia sexualidad.
Hubo, entre las más radicales, quienes propusieron cerrar las piernas en los lechos maritales para impedir de este modo el abuso de los cónyuges. En Inglaterra, las leyes que penalizaron la sexualidad, entre las que se encuentra la que condenaba la homosexualidad, fueron también solicitadas por feministas. A la mayoría de sus adherentes les parecía que era justo sancionar a los viciosos y a quienes amenazaban la integridad de las congéneres.
Durante la mayor parte del recorrido realizado por la agencia feminista en todos los países, cuyas acciones se proyectaron con fuerza al siglo XX, la sexualidad no pudo ingresar a la agenda de preocupaciones y reivindicaciones, y mucho menos el erotismo.
Las feministas, en su enorme mayoría, eludían los lenguajes vinculados con el cuerpo, con excepción, claro está, de la celebración excluyente de la maternidad. Se trataba de una maternidad que parecía incontaminada, como si la concepción hubiera prescindido del contacto carnal.
La tónica asexuada del feminismo y la conjura del erotismo resultaron canónicos hasta el surgimiento de la “segunda ola” en los años 1960. Hubo entonces un parte aguas, la agenda sufrió una notable transformación. Se extinguieron las obturaciones al deseo sexual, deviniendo la propia sexualidad y sus orientaciones disidentes de la “normalidad heterosexual”, un mandato de enorme significado entre las nuevas adherentes. Desde luego, hubo retos desde diversas vertientes, pero en todo caso debe considerarse el papel jugado por la crítica feminista que se abrió paso con estridentes llamados de atención sobre la negligencia (cuando no la complicidad feminista) con las fórmulas conculcadoras del derecho al cuerpo.
Las feministas lesbianas, especialmente, reclamaron reconocimiento propio y contribuyeron decididamente a alterar los restrictos códigos morales sexuales que fueron vistos como una auténtica colonización patriarcal.
La dimensión del disfrute sexual y las autorizaciones eróticas son, por lo tanto, una conquista muy reciente de los vertederos feministas. Apenas ha cumplido poco más de medio siglo.

Dora Barrancos. Investigadora principal del CONICET y profesora consulta de la UBA.

Publicado por Mané Castro Videla para Largas Noches Largas... el 9/01/2011 07:01:00 AM