lunes, 22 de diciembre de 2014

El Papa exhortó a la Curia romana a un profundo examen de conciencia


El Papa exhortó a la Curia romana a un profundo examen de conciencia 
 Lunes 22 Dic 2014 | 08:49 am
Ciudad del Vaticano (AICA): En su saludo habitual a los miembros de la Curia romana, en la mañana de hoy, el papa Francisco los exhortó a un profundo examen de conciencia y confesión en preparación de la Navidad, al considerar que la Curia romana es “un pequeño modelo de la Iglesia”, “un cuerpo complejo, compuesto de miembros diversos”, “dinámico”, pero estimó que debe nutrirse de la relación con Cristo a través de la oración y la caridad. “Una curia que no se autocritica, que no se actualiza, que no trata de mejorarse es un cuerpo enfermo”, advirtió.

 En su saludo habitual a los miembros de la Curia romana, en la mañana de hoy, el papa Francisco los exhortó a un profundo examen de conciencia y confesión en preparación de la Navidad, al considerar que la Curia romana es “un pequeño modelo de la Iglesia”, “un cuerpo complejo, compuesto de miembros diversos”, “dinámico”, pero estimó que debe nutrirse de la relación con Cristo a través de la oración y la caridad. “Una curia que no se autocritica, que no se actualiza, que no trata de mejorarse es un cuerpo enfermo”, advirtió.
 “La Curia está siempre llamada a mejorar y crecer en comunión, santidad y sabiduría para realizar plenamente su misión. Y sin embargo, como cada cuerpo, también está expuesta a las enfermedades. Me gustaría mencionar algunas de las más frecuentes en nuestras vidas de curia. Son enfermedades y tentaciones que debilitan nuestro servicio al Señor”, prosiguió el Pontífice enumerando las “enfermedades” curiales:
 “La enfermedad de sentirse “inmortal”, “inmune” o incluso “indispensable”, dejando de lado los controles necesarios y normales. Una Curia que no es autocrítica, que no se actualiza, que no intenta mejorarse es un cuerpo enfermo. Es la enfermedad del rico insensato que pensaba vivir eternamente y también de aquellos que se convierten en amos y se sienten superiores a todos y no al servicio de todos”.
 La enfermedad de “martalismo” (Marta), de la excesiva operosidad: es decir, de aquellos que están inmersos en el trabajo, dejando de lado, inevitablemente, “la mejor parte”: Sentarse a los pies de Jesús. Por eso, Jesús invitó a sus discípulos a “descansar” porque descuidar el necesario reposo conduce al estrés y la agitación. El tiempo del reposo para aquellos que han completado su misión, es necesario, es debido y debe tomarse en serio: pasar un “tiempo de calidad “con la familia y respetar las vacaciones como un tiempo para recargarse espiritual y físicamente; hay que aprender lo que enseña el Eclesiastés que “hay un tiempo para todo”.
 “La enfermedad del endurecimiento mental y espiritual: Es la de los que, a lo largo del camino, pierden la serenidad interior, la vivacidad y la audacia y se esconden bajo los papeles convirtiéndose en “máquinas de trabajo” y no en “hombres de Dios”. Es peligroso perder la sensibilidad humana necesaria para hacernos llorar con los que lloran y se regocijan con los que gozan. Es la enfermedad de los que pierden “los sentimientos de Jesús”.
 “La enfermedad de la planificación excesiva y el funcionalismo: Es cuando el apóstol planifica todo minuciosamente y cree que haciendo así, las cosas efectivamente progresan, convirtiéndose en un contador o contable. Se cae en esta enfermedad porque siempre es más fácil y cómodo quedarse en la propia posición estática e inmutable. De hecho, la Iglesia se muestra fiel al Espíritu Santo en la medida en que no pretende regularlo ni domesticarlo. Él es la frescura, la fantasía, la innovación”.
 “La enfermedad de la mala coordinación: Sucede cuando los miembros pierden la comunión entre sí y el cuerpo pierde la funcionalidad armoniosa y la templanza convirtiéndose en una orquesta que hace ruido porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y equipo”.
 “La enfermedad de Alzheimer espiritual: Es decir, la de olvidar la “historia de la salvación” la historia personal con el Señor, el “primer amor”. Es una disminución progresiva de las facultades espirituales. Lo vemos en los que han perdido el recuerdo de su encuentro con el Señor en los que construyen muros alrededor de sí mismos y se convierten. Cada vez más. En esclavos de las costumbres y de los ídolos que han esculpido con sus propias manos”.
 “La enfermedad de la rivalidad y la vanagloria: Pasa cuando la apariencia, los colores de las ropas y las insignias de honor se convierten en el principal objetivo de la vida. Es la enfermedad que nos lleva a ser hombres y mujeres falsos y a vivir una “mística” falsa y un falso “quietismo”.
 “La enfermedad de la esquizofrenia existencial: Es la enfermedad de los que viven una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que ni grados ni títulos académicos pueden llenar. Se crean así su propio mundo paralelo, donde dejan a un lado todo lo que enseñan con severidad a los demás y empiezan a vivir una vida oculta y, a menudo, disoluta”.
 “La enfermedad de las habladurías, de la murmuración, del cotilleo: Es una enfermedad grave que comienza con facilidad, tal vez sólo para charlar, pero que se apodera de la persona convirtiéndola en “sembradora de cizaña “(como Satanás), y en muchos casos en “asesino a sangre fría” de la fama de sus colegas y hermanos. Es la enfermedad de las personas cobardes que por no tener valor de hablar a la cara, hablan a las espaldas”.
 “La enfermedad de divinizar a los jefes: Es la enfermedad de los que cortejan a los superiores, con la esperanza de conseguir su benevolencia. Son víctimas del arribismo y del oportunismo, honran a las personas y no a Dios. Son personas que viven el servicio pensando sólo en lo que tienen que conseguir y no en lo que tienen que dar. Personas mezquinas, infelices e inspiradas sólo por su egoísmo fatal”.
 “La enfermedad de la indiferencia hacia los demás: Es cuando todo el mundo piensa sólo en sí mismo y pierde la sinceridad y la calidez de las relaciones humanas. Cuando los más expertos no ponen sus conocimientos al servicio de los colegas con menos experiencia. Cuando, por celos se siente alegría al ver que otros caen en lugar de levantarlos y animarlos”.
 “La enfermedad de la cara de funeral: Es decir, la de las personas rudas y sombrías, que consideren que para ser serios hace falta pintarse la cara de melancolía, de severidad y tratar a los demás -especialmente a aquellos considerados inferiores- con rigidez, dureza y arrogancia. En realidad, la severidad teatral y el pesimismo estéril son a menudo los síntomas del miedo y la inseguridad en sí mismo”.
 “La enfermedad de la acumulación: Cuando el apóstol busca llenar un vacío existencial en su corazón acumulando bienes materiales, no por necesidad, sino simplemente para sentirse seguro. La acumulación solamente pesa y ralentiza el camino inexorablemente”.
 “La enfermedad de los círculos cerrados: Donde la pertenencia al grupo se vuelve más fuerte que la del Cuerpo y, en algunas situaciones que la de a Cristo mismo. También esta enfermedad comienza siempre con buenas intenciones, pero con el paso del tiempo esclaviza a los miembros convirtiéndose en “un cáncer” que amenaza la armonía del cuerpo y puede causar tanto daño -escándalos- especialmente a nuestros hermanos más pequeños”.
 “La enfermedad de la ganancia mundana, del lucimiento: Cuando el apóstol transforma su servicio en poder, y su poder en mercancía para conseguir beneficios mundanos o más poderes. Es la enfermedad de la gente que busca insaciablemente multiplicar su poder y para ello son capaces de calumniar, difamar y desacreditar a los demás, incluso en periódicos y revistas. Naturalmente para lucirse y demostrarse más capaces que los otros”.
 “Por lo tanto -señaló Francisco, después de explicar el catálogo de las enfermedades- estamos llamados -en este tiempo de Navidad y todo el tiempo de nuestro servicio y de nuestra existencia- a vivir “según la verdad en el amor, intentando crecer en todo hacia aquel que es la cabeza, Cristo, de quien todo el cuerpo, bien concertado, mediante la colaboración de todas las coyunturas, según la energía propia de cada miembro, recibe fuerza para crecer de manera de edificarse a sí mismo en la caridad”.
 Estas enfermedades y tentaciones son un peligro para todo cristiano y pueden golpear a nivel individual o comunitario –subrayó el Pontífice- y añadió: “El antídoto es la gracia de sentirse pecadores, siervos inútiles. Solo el Espíritu Santo puede curar estas enfermedades. El sostiene todo esfuerzo de purificación y es promotor de la armonía”.
 Sin la oración cotidiana y la caridad vivida el miembro de la Curia se convierte en un burócrata, en un gajo que poco a poco se muere y es tirado lejos. Que quede claro que sin Jesús no podemos hacer nada. Y la relación con él alimenta la relación con los otros. El Espíritu de Dios une, el espíritu del mal divide.
 “Una vez leí -concluyó- que “los sacerdotes son como los aviones, son noticia sólo cuando se caen, pero hay tantos que vuelan. Muchos los critican y pocos rezan por ellos”. Es una frase muy simpática, pero también muy cierta, ya que describe la importancia y la delicadeza de nuestro servicio sacerdotal y cuanto daño puede causar un sacerdote que “cae” a todo el cuerpo de la Iglesia”.
 Tratemos de crecer en cada cosa invitó el Papa. Y afirmó que un corazón lleno de Dios irradia alegría, pidió no perder el espíritu alegre que nos hace amables aún en las situaciones difíciles. Y concluyó diciendo que para no caer tenemos a la Virgen Madre de Dios y de la Iglesia, pidámosle que sane las heridas del pecado que cada uno lleva. Pidámosle que amemos a la iglesia como Cristo la ama y de reconocernos pecadores y abandonarnos en sus manos maternas.
 Tras su discurso, Francisco saludó uno a uno a todos los cardenales y arzobispo que integran la Curia.+
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